Oyendo el color, viendo la música…

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Un hombre. Delante de él un Sorolla. Y una pared blanca. Contempla el cuadro. Pero no se fija en los detalles, no imagina la identidad de cada uno de los personajes representados. No le interesa la esencia de las bruscas pinceladas. Su atención se centra en algo que, a su juicio, es mucho más interesante: el contraste del dorado del marco con la pared. Se concentra. Siente las sombras proyectadas. Es consciente de cada uno de los grises de la gama que el yeso, bajo el sofocante calor de los focos, expira. Y la sinfonía empieza. El cuadro se difumina, de él apareciendo sólo los colores principales. Rojo. Do mayor. En su cabeza, una orquesta de un millón de perfectos instrumentos interpreta el cuadro. Todo empieza con una roja vibración… Desde el interior de la Tierra, nota como le llegan las voces de miles de violines, que construyen un pedestal de luz para recibir a una áurea y explosiva melodía, que emana destellos de luz verde, amarilla y otros muchas que su atención no es capaz de captar. El pulso del hombre se acelera, está completamente inmerso. Una gota de sudor baja a través de su brazo, proporcionándole un contraste de sensaciones que hacen la experiencia aún más intensa: un líquido frío punzante se desliza sobre el árido calor de un ambiente sobrecargado de miles de tensas respiraciones.  A cada tono de color que descubre, un nuevo instrumento interpreta una melodía acorde con las formas que el pintor dio a su cuadro… Poco a poco, es consciente de todo el contenido del cuadro, se inmiscuye en los secretos de la pintura… Y cierra los ojos. Y el mundo calla.

La sinestesia es un fenómeno no demasiado frecuente y aún menos conocido. Si se tuviese que explicar en pocas palabras, la sinestesia es una característica cognitiva que hace que el sinestésico o la sinestésica asocien, de forma involuntaria, estímulos de un sentido con reacciones de otro. Por ejemplo, en el texto superior, el hombre asociaba las notas musicales con diferentes tipos de color. Y, de hecho, este tipo de sinestesia es el más usual (esto es, una gran mayoría dentro de una pequeña minoría): Vasili Kandinsky, gran pintor de estilo abstracto, basaba la composición pictórica de sus cuadros en canciones y melodías.

Composición VIII

Un dato curioso sobre Kandinsky: una vez se inauguró una exposición suya en un museo y los técnicos, por error, colocaron uno de sus cuadros al revés. Debido a que la obra de Kandinsky no tiene un punto de referencia demasiado definido, nadie reparó en el error hasta que el pintor decidió visitar la exposición. Cuando vio el cuadro, la melodía que le inspiraba era tan desconocida para él que llegó a afirmar que el cuadro no era suyo… Por suerte, antes de que lo retirasen, Vasili se dio cuenta y pidió a los técnicos del museo que colocasen el cuadro correctamente…

 

 

No obstante, este es solo uno de los muchos tipos diferentes de sinestesia que existen: por ejemplo, hay gente que asocia los gustos con números, las letras con colores, las palabras con latitudes… (Por ejemplo, Lunes podría asociarse con el Norte, el sabor del vino con el número 6, la letra O con el color azul…).

No hay una explicación científica específica para este fenómeno, todo y que todos los datos apuntan a que la sinestesia es una reducción  de la inhibición de los sistemas de retroalimentación sensorial (o lo que es lo mismo: el cerebro recibe cinco tipos diferentes de estímulos: a) visuales, b) auditivos, c) gustativos, d) táctiles y e) olfativos. Cuando se recibe un estímulo a (visual), lo normal en el funcionamiento del cerebro es que reduzca la actividad en las áreas que controlan  b, c, d y e para poder concentrarse bien en el estímulo a. El sinestésico, en cambio, no reduce la actividad en alguna o ninguna de las áreas, por lo que el estímulo visual también tiene efecto en otros sentidos (en el auditivo, por ejemplo, como el hombre del texto)).

 

Así pues, la sinestesia no es más que unir los cinco tipos diferentes de estímulos en un “Estímulo Mayor”, formado por la fusión de esos cinco “estímulos menores”. O lo que es lo mismo, reagrupar toda la información que el cuerpo humano es capaz de captar (conscientemente) en un conocimiento único. No es más que un bello paralelismo entre el arte y la educación. Del mismo modo que un no-sinestésico no es capaz de captar toda la grandeza de una obra de Kandinsky; un estudiante (entiéndase como aprendedor) que contempla todo el conocimiento bajo la perspectiva de una sola disciplina, no es capaz de comprender la totalidad del conocimiento que está intentando alcanzar. Porque, de hecho, cualquier clase de búsqueda de conocimiento global, des de la comprensión del mecanismo de Higgs al análisis completo de las obras de Julio Cortázar, nace de una sola pregunta, de la única inquietud que nos genera no saber quiénes somos ni qué nos rodea. Así pues, el conocimiento tiene un origen único, una sola base sobre la que se ha ido apoyando para crecer: ¿Qué sentido tiene nuestra existencia? A partir de aquí, los Antiguos creyeron que el conocimiento nos daría la respuesta. Pero, a medida que han ido pasando los siglos, el hombre se ha preocupado tanto en hacer crecer –casi compulsivamente- el castillo del conocimiento que ha olvidado por completo los orígenes, los cimientos sobre los cuales está construyendo su megalítica obra.

A medida que han ido pasando los siglos, el hombre se ha preocupado tanto en hacer crecer –casi compulsivamente- el castillo del conocimiento que ha olvidado por completo los orígenes, los cimientos sobre los cuales está construyendo su megalítica obra.

Estamos tan ocupados en dividir, en especificar, que hemos llegado a un punto en que las diferentes disciplinas del conocimiento humano se han vuelto completamente inconexas. Y, volviendo a la sinestesia, lo mismo nos pasa con los sentidos: cuando vemos algo, estamos tan ocupados en centrar la atención a lo que vemos, despreciamos tan cruelmente a los otros sentidos, que no les damos la posibilidad de aportarnos una respuesta a un estímulo que, aunque reciben, nosotros obviamos. ¿Es este el camino que queremos tomar? ¿Deshumanizamos el conocimiento para llegar al infinito (o a varios infinitos) o nos volvemos hacia atrás y nos damos cuenta del común origen metafísico que tiene todo lo que hemos construido desde que el hombre es capaz de razonar?

¡Ah, por cierto! Mi nombre es Pol y esta es mi primera entrada. Si quieres contactar conmigo no lo dudes: pol.rv@mindingminds.org

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