Crónica: (a/em)prender

Ser profesor es un gran reto. Y ser profesor cuando se ha sido un alumno… acordemos en llamarlo complicado, es un reto enorme.

En septiembre de 2017, me contrató una empresa de Barcelona para cubrir tres plazas de profesor de inglés extra-escolar en dos colegios diferentes. Por aquel entonces ya llevaba dos años dando clases particulares y tenía una cierta experiencia en tratar con grupos de niños, pero lo cierto es que este nuevo empleo me abrió un registro de la educación absolutamente inexplorado para mí.

El primer trimestre (octubre-diciembre) no tuvo nada de destacable, al menos como para contarlo aquí. Las sesiones consistían en seguir más o menos la tradición educativa (cantar canciones, leer cuentos, juegos al estilo del memory o del Twister…), y el trabajo estaba verdaderamente en conocer en profundidad la dimensión emocional y psicológica de mis niños, cuyas edades oscilan entre los 5 y los 8 años (nota para los que no me conozcan: me niego a decir que tengo alumnos).

No nos vamos a engañar. Trabajar con un grupo con miembros de edades tan dispares (no puede compararse el nivel de lectoescriptura de un niño de 5 años con el de uno de 8…) era complicado. Y, siguiendo en la lógica de la confesión: el primer trimestre me decepcionó. O mejor dicho: el primer trimestre me decepcioné.

Si algo me ha generado mi paso por el colegio es un sentimiento profundo de frustración y de extranjería, con lo que ver que mis niños no estaban todo lo motivados que podían estar me sabía al más absoluto fracaso.

Así pues, aproveché las vacaciones de Navidad para diseñar un proyecto que les pudiera motivar desde el primer día de clase. Y sobre esto trata este artículo. No va enfocado a modo de crítica despiadada al sistema educativo ni es un ejercicio de vanagloria personal: se trata, más bien, de querer compartir las curiosidades y anécdotas que surgieron y, en la medida de lo posible, ayudar con esta propuesta a alguien que, como yo en setiembre, busque desesperado alguna idea para dinamizar sus clases.

El proyecto

Para empezar, en mi ejercicio de autocrítica me di cuenta de una cosa. Entender el trimestre como algo conformado por 12 bloques autónomos de 1 hora (las clases) cuya trama argumental sólo era accesible para mí, era algo absolutamente contraproducente. Necesitaba presentarles un proyecto cuya continuidad fuera evidente; para que los niños tuvieran ganas de venir a clase, necesitaba que en todo momento supieran por qué estaban ahí y cuál era su función

Necesitaba presentarles un proyecto cuya continuidad fuera evidente; para que los niños tuvieran ganas de venir a clase, necesitaba que en todo momento supieran por qué estaban ahí y cuál era su función.

Así que lo que me vino en mente fue nada más ni nada menos que ofrecerles la posibilidad de crear su propia empresa.

Vamos a ver, calma. En ningún momento las clases consistieron en meter en cabecitas de 5 años las maravillas del capitalismo. Lo que hice fue proponerles que crearan un producto. El primero que se les ocurriera.

Y oh, maravilla. Tuve una compañía que fabricaba maletas, una empresa que vendía unicornios, una niña me diseñó un práctico carrito para cachorros, otra niña me vino con un holding de ordenadores que fabricaban papel (tranquilos, yo tampoco entiendo muy bien cómo funcionaban) y quizás la idea más extraña que surgió de un grupo de niñas fue una empresa que creaba cocinas comestibles (¿te has olvidado de llenar el inventario? ¡Tranquilo, sirve a nuestros clientes una suculenta soufflé de nevera!).

Desde aquél momento, todo cobró sentido. Cobró sentido para ellos, que era lo que quería. Una sesión iba dedicada a describir el producto, otra a diseñar el logotipo y el nombre de la tienda, otra a hacer anuncios en cartulinas DINA3 que colgamos por todo el colegio, etcétera.

Todo esto sucedía en inglés. Y lo interesante fue ver como yo ya no funcionaba como un profesor magistral. No me tenían que escuchar durante una hora. Iban creando sus negocios independientemente, y cuando les surgía alguna duda me avisaban. El profesor ya no era un ser-dictante, era una guía, una muleta. Al no tener que interactuar todo el tiempo con todo el grupo, esto me daba tiempo para observar cómo desarrollaban sus tareas y entender su forma de aprender, lo que a su tiempo me permitía afilar y hacer más eficientes sus procesos de aprendizaje.

Al no tener que interactuar todo el tiempo con todo el grupo, esto me daba tiempo para observar cómo desarrollaban sus tareas y entender su forma de aprender, lo que a su tiempo me permitía afilar y hacer más eficientes sus procesos de aprendizaje

El espacio

Todo negocio tiene sus headquarters. Es decir, sus oficinas centrales. Y eso fue una de las primeras cosas que les dije. Nuestro aula es grande y tiene unos cuantos bancos de madera. Lo que hice fue ponerlos uno al lado de otro para improvisar una tarima que era nuestro punto de reunión general. Ahí yo les comentaba lo que les tuviera que decir (pasábamos lista, evaluábamos nuestro progreso, intentábamos solucionar los conflictos, etcétera). Una vez hecha la reunión (a la que le destinábamos los 10 primeros minutos de clase) cada cuál tuvo que buscar su oficina. Es decir, un rincón de la clase que le gustara y dónde durante todo el trimestre desarrollara su producto.

Esto permitió codificar el espacio. Y fue algo fundamental. La clase ya no era el-lugar-dónde-se-aprendía-sin-más: cada cuál tenía su rincón, es decir, su espacio de intimidad. Esto permitió que los niños aceptaran por primera vez su propio ritmo de aprendizaje. Al no tener “el típico compañero de al lado que aprende más rápido que tú”, “el típico que siempre molesta”, el “típico que tal o que cual”, cada niño se centraba en su desarrollo personal.

Esto permitió codificar el espacio. Y fue algo fundamental. La clase ya no era el-lugar-dónde-se-aprendía-sin-más: cada cuál tenía su rincón, es decir, su espacio de intimidad.

A su vez, esto llevó una nueva consecuencia. Cada crío, motivado por su producto, preocupado por su espacio, necesitaba calma y silencio para poder trabajar. Y eso permitió que la actitud general del grupo mejorara exponencialmente. Tener un comportamiento adecuado (no me refiero a estar siempre callado, me refiero a no esconderse en los armarios o jugar a fútbol en el aula) fue algo a lo que se llegó por voluntad, no por un imperativo que venía de mí. Y fue realmente gratificante.

Los roles

Este nuevo formato provocó un alud de nuevos niños. Empecé con 6 inscritos en la extra-escolar y en febrero tenía ya 20. Esto significó un incremento exponencial de los ritmos, de los proyectos y… (ya tardaba en aparecer…) de los diagnósticos. Tenía niños muy calmados, niños con mucha energía, niños que avanzaban muy deprisa y niños que lo hacían más despacio. Pero lo destacable, tuve un par de niños sin ambición empresarial. Ellos no querían tener su empresa.

Y esto me desveló algo importante. Actualmente, cuando se habla de innovación educativa, se habla de educación que prepare en competencias. Que prepare para que los niños puedan desarrollar sus proyectos. Y me hizo ver que no todos los niños tienen proyectos o que no quieren desarrollarlos. Y pensé que estaban en su derecho. La educación no puede ser memorización, pero tampoco puede ser una sobre-producción desmesurada.  

Actualmente, cuando se habla de innovación educativa, se habla de educación que prepare en competencias. Que prepare para que los niños puedan desarrollar sus proyectos. Y me hizo ver que no todos los niños tienen proyectos o que no quieren desarrollarlos. Y pensé que estaban en su derecho. La educación no puede ser memorización, pero tampoco puede ser una sobre-producción desmesurada.  

Así que creé unos roles. A los niños que no quisieron desarrollar su propio negocio (curiosamente, eran los más movidos), les di la oportunidad de que recorrieran la clase yendo de oficina en oficina ayudando a los otros. Y parece que acerté. Daba una utilidad a su energía motriz, les hacía sentir útiles y aprendían inglés porque debían ayudar a sus compañeros. Como se dice en inglés, fue un win-win para todos.

Conclusión

Quizás con esta metodología he descubierto la rueda. Es decir, quizás es un método que mucha gente emplea ya. Puede ser.

Sin embargo, se me ocurrió un poco por accidente y me ha permitido aprender muchísimo sobre cómo se aprende. Y, sobre todo, he visto a mis niños felices. Tenían ganas de ir a inglés (de hecho, un día me puse enfermo y se enfadaron conmigo porque esa semana no hubo clase…).

Con esto no estoy diciendo que crear empresas sea la única manera de enseñar y que los niños se lo pasen bien. Con esta historia quiero decir que más que educar en competencias o en valores, quizás lo que tenemos que hacer es educar en autonomía y emancipación. 

Con esto no estoy diciendo que crear empresas sea la única manera de enseñar y que los niños se lo pasen bien. Con esta historia quiero decir que más que educar en competencias o en valores, quizás lo que tenemos que hacer es educar en autonomía y emancipación.

Los valores, las competencias, la empatía, las virtudes, las ocho inteligencias de Gardner… Todo esto son consecuencias de lo primero. Si no entregamos la clave de la educación a quienes la reciben, no estamos educando. Estaremos informando (¡y quizás informamos bien, eh!), estaremos poniendo al día de datos y datos e informaciones varias, pero no estaremos educando. Porque al fin y al cabo… Si conseguimos tener alumnos libres, ¿quién va a usar su libertad para no estar bien?

Pol R Vouillamoz

P.S.: Cuando escribo, lo hago a modo de propuesta de debate. Si quieres ponerte en contacto conmigo, te voy a decir dos cosas. Una: hazlo. Dos: hazlo aquí o en prvouillamoz@gmail.com.

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